Andy Warhol y la Factory

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WARHOL LA FACTORY

La orgía del arte

Andy Warhol aglutinó a toda una serie de artistas y bohemios tan interesados en los guateques como en el cine y la música. La Factory fue un hervidero artístico y también un negocio para un creador que nunca renegó de su amor por el dinero

Enrique Portocarrero

Diana Hall, una amiga de Malanga, apunta a Warhol.
La Factory fue un espacio permisivo, una impostura circense con clara intencionalidad comercial y una vitrina en forma de loft donde Warhol expuso su enorme afición por el coleccionismo de personas. Tuvo, además, un perfecto encaje con ese ambiente neoyorquino que en los primeros sesenta llamaba contracultura a un vanguardismo de dandis y celebridades en drogas y vaqueros. Nada que ver, pues, con esa otra escena artística y bohemia del Village que estaba más próxima a las clásicas convenciones, pero también más cercana a la génesis rigurosa del pop art como corriente de ruptura.

Warhol, el sumo sacerdote de una obra global a mitad de camino entre el arte y la industria, ya conocía aquellos happenings interactivos de los años cincuenta en los que la musica de John Cage o la danza de Merce Cunnigham convivían en el mismo show con las artes plásticas y las lecturas de poemas. Tal vez por eso, y también por su propia condición de artista multidiscplinar y social en busca de gloria y fama, concibió en los primeros sesenta un espacio interactivo, o mejor dicho una fábrica, donde el objetivo esencial era hacer grandes cosas con pocas cosas, falsos estudios hollywoodenses con paredes cubiertas de papel de plata, panachés de cine, música y arte; revueltos de católicos y judíos, mezclas de chicas de buena sociedad de Cambridge o Boston y bohemios pobres del downtown neoyorquino; e incluso armónicas sopas en las que cabían gays, travestis y heterodoxos sexuales a la búsqueda de fiesta y compañia nocturna.

Vista general de la Factory una tarde cualquiera.
Todo aquello, instalado inicialmente en un loft de la calle 47 Este, no solo potenció la fama del Warhol como pintor, dibujante, grafista, cineasta, fotógrafo, productor musical, empresario y estrella mediática, sino también su condición de abanderado de la vanguardia ante unos medios culturales enormemente sorprendidos y curiosos por lo que se estaba cociendo en una Factory de puertas abiertas y de personajes unas veces artistas y otras meros comparsas.

Así, muy en aquella línea dadá que estaba en el antecedente del pop art, la Factory sirvió de base para ese inicial cine medio verité de Warhol en el que se negaban las convenciones de la narración fílmica, a través de estructuras minimalistas, perspectivas invariables y montajes alejados de cualquier requerimiento sobre el tiempo y la imágen. Pero también, como válvula expresiva y trampolín de la corte de Warhol, el cine de la Factory fue igualmente un instrumento para regalar mucho más de quince minutos de fama a personajes como Joe Dallessandro, Ultra Violet, International Velvet, Edie Sedgwick, Ondine, Paul Morrisey, Jonas Mekas y muchos otros más que, sin ese melting pot urbano ideado y creado por Warhol, no hubieran pasado a las páginas de la historia de la modernidad.

Algunas de las actividades que se celebraban allí.

De la misma forma, partiendo de aquel otro happening multimedia instalado en un antiguo club polaco del East Village ­el llamado Dom­, Warhol primero creó una experiencia multisciplinar que respondía al nombre de Exploding Plastic Inevitable y después, ya con el aura de una Velvet Underground que oponía su poesía y su rock urbano de sexo y drogas a los últimos resquicios hippies del flower power, también dotó a la Factory de una música de vanguardia que vestía aún más su fama de lider de la modernidad, además de completar el círculo comercial de una industria sabiamente dirigida a la socialización cultural.

Ambiente de la Factory.
Finalmente, la Factory fue sobre todo el taller creativo donde Warhol inventó bellas imágenes tan impostoras como su propia impostura. Hubo, sí, una cierta investigación de la forma de representación, aunque lo más importante era el éxito a través de la producción de la imagen inapropiada tanto para el lugar correcto, como para una gente correcta que recibía su certificado vanguardista con una simple visita o con la admiración de una obra producida en ese espacio donde ejercía un faraón que necesitaba de la inspiración de su corte y, por supuesto, de la validación social.

Se trató, pues, de un engaño muy serio que empezó con un simple deseo de fama en el que el verdadero arte era accesorio, pero que al final se transformó en una auténtica revolución cultural con indiscutibles efectos sobre la concepción y la historia del arte hasta nuestros días. Y eso es, precisamente, lo que quedó de una Factory que, tras el atentado sufrido por Warhol en 1968, nunca más volvió a ser el mismo espacio abierto y permisivo de creación, diversión, negocio y escaparate de tipologías que había sido.

A partir de entonces, tanto con el traslado de la Factory a sus sedes sucesivas de Union Square o Broadway, como con la creación de la sociedad Warhol Enterprises, Inc, se acaba un ambiente más natural aunque igual de engañoso, que es sustituido por una ya deshinibida cultura comercial de la celebridad, donde se cambian las comidas y las copas en Max Kansas o The Ginger Man por el lujo del Studio 54 y las visitas de Bianca Jagger, Liza Minelli y cualquier otra estrella dispuesta a ser catapultada a la modernidad en retrato polaroid.

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