WARHOL ARTES
PLÁSTICAS
Arañar bajo la superficie
Andy Warhol ha superado la posición
de artista importante para acceder a la de imprescindible. Bajo
su aparente banalidad se halla una provocadora reflexión
sobre la época, que aún sigue inspirando multitud
de interpretaciones
FRANCISCO JAVIER SAN MARTÍN
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| «Detrás
no hay nada», solía decir el artista. |
Warhol insistió repetidamente, no sólo
con declaraciones esporádicas, sino también con
el testimonio de su vida, que en sus obras no había nada
que rascar, que todo se encontraba en la superficie: «Todo
el significado de mi obra está en la superficie, detrás
no hay nada». Con ello quería indicar su militancia
por la banalidad, el sentido de un arte que fluye con la vida
y que, por lo tanto, no sólo es intenso o trágico
o monótono, sino también banal y brillantemente
superficial. Warhol se propuso dar una vuelta de tuerca a la
provocación de Kandinsky, quien eliminó de sus
cuadros las figuras. La pintura de Warhol ya no es que no significara
nada, sino que lo que significaba podía carecer de importancia.
Pero hay un problema. Hablando de arte especialmente
de pintura la idea de superficie tiene dos sentidos muy
diferentes: puede referirse a esa banalidad cotidiana, consumista
y descerebrada a la que hemos aludido, pero también a
la condición visual de la superficie pictórica,
a la disposición de las formas y colores sobre la piel
del lienzo.
En ese caso, la superficialidad de Warhol indicaría
una habilidad extrema para disponer los motivos, los énfasis
y las repeticiones, la reproducción, la mezcla de lo industrial
y lo manual. Los pintores abstractos norteamericanos, herederos
de Kandinsky o Malévich, lucharon toda su vida por acceder
a la superficie de la pintura, a su esencia, mientras Warhol
partía de esa superfie para acceder al sentido, a una
nueva forma de profundidad.
Hace 15 años,
cualquier intento de evaluar el arte tenía en cuenta dos
figuras clave, seguramente por su alto contenido mediático:
Beuys y Warhol. Ambos mostraban una indumentaria y una actitud
pública que los situaba como grandes artistas, ambos abordaban
de manera global los problemas del período histórico.
Pasados estos 15 años, en situación de hacer todo
tipo de cábalas, cálculos y clasificaciones, la
figura de Andy Warhol se potencia cada día, no sólo
como estratega en la presentación de imágenes del
entorno, sino como pensador, como comentarista de algunas de
las ideas que seguirán vigentes en un futuro próximo.
Actualmente Beuys ha caído en un ostracismo tan extremo
como su popularidad entre nosotros durante los años ochenta.
Warhol ya no sólo es su igual, sino alguien que ha superado
esa posición de artista importante, para acceder a la
de imprescindible, con lo que esto implica en cuanto a la vigencia
de su trabajo. Posiblemente haya sido Warhol el artista que mejor
ha expresado un componente clave del mundo moderno: la reproducción,
la pérdida del aura del original y la disponibilidad de
las imágenes.
De cualquier forma,
la evaluación de la obra de Warhol aún está
por hacer. Aunque nadie creyó, por evidente, su cuento
sobre la superficialidad, algunos críticos resaltaron
pronto que la visión del mundo contemporáneo de
Warhol estaba marcada por el miedo, el dolor y la muerte.
Desde su fallecimiento en 1987, se han sucedido todo tipo
de interpretaciones más o menos originales o interesantes
respecto a su caso: un análisis desde el punto de vista
de la identidad gay, una minoría con un punto de vista
específico; otra relacionada con su condición de
emigrante, particularmente atento a la realidad, dominado por
el miedo a la exclusión. La serie de flores, tradicionalmente
interpretada como una reelaboración del kitsch, sería
producto de un acercamiento al mundo femenino; mientras los cuadros
de violencia y accidentes, las pistolas, las hoces y los martillos,
los dólares, abordarían un rechazo del paradigma
masculino. El trabajo de interpretación enriquece aún
la obra de un artista que cuando murió se llevó
consigo el dudoso palmarés de ser el primer genio superficial.